sábado, 16 de octubre de 2010

Paris

Mis idas a Paris han sido pocas. De París he escuchado, también, tantas cosas. Largas pláticas con mi hermano José Alberto relativas a que no es la ciudad de sus sueños, tantas otras con Tedi López Mills en las que sí, ella es la ciudad de los sueños, la ciudad ideal.

Soy citadina. Hasta ahora me había tocado vivir el otro lado de la moneda; escaparme de la ciudad para ir a conocer poblaciones cercanas, respirar aire fresco. Ahora, va la taryectoria de regreso, ir de Compiégne, que vendría a ser una ciudad pequeña, una comuna, a Paris: la ciudad que hasta ahora no hay francés que no me diga que vaya a degustar algunos fines de semana, sea una o no partidaria de los parisinos.

En Paris, la mitad de mis días los recuerdo en el metro. Así, se presenta como una ciudad subterranea que se asoma de pronto y te saluda, o te sorprende, o te abraza. Con todo, París es esquiva y en toda esta estancia lo será... Será una ciudad que se deslice ante mis ojos, de la que aprenda así, en el deslíz de su seducción.

En mi segunda ida a París, me quedé con la torre Eiffel reflejada en el Sena,con un sol otoñal que le daba reflejo, un recorrido por el río en barco, y una copa de vino con amigos franceses y mexicanos, en Montmartre, al que llamaré, el Polanco francés, aunque, arquitectónicamente, se asemeje más a Guanajuato, en sus escalinatas y bocacalles.

De regreso en Compiégne, recordé mis noches de café y poesía en México. Eso es algo que, al menos en Compiégne no hay, o no hasta ahora. Seguro en Paris habrá, pero tendré que escabullírmele, conquistarla, meterme en ese espacio, cuando haya oportunidad.

Compiégne queda a cuarenta y cinco minutos de París en tren. Ahora, viajar en tren y en metro, comienza a tomar otro sentido. Y, como dice Julie, no temeré a perderme en París, pues siempre encontraré una estación de metro para encontrarme. Aún así..., una no debe fiarse de ninguna ciudad que no conozca, o quizá, fiarse de ella sea la única manera de conocerla. La Ciudad de México y yo tenemos un pacto, siempre lo he dicho, quizpá haga falta establever uno con cada espacio que una habite, así me pasará ahora en Compiégne.

Compiegne tiene una vida muy tranquila, su fiesta es jovial, incluso inocente hasta cierto punto. En los bares, la gente se disfraza y lanzan pelucas y lentes en algunos bares, para animar el ambiente. Me acordé de las bodas. En los Karaokes todos los franceses cantan, no es como en México, que sólo una persona canta. Y bueno, los cuenta cuentos, te cuentan los libros de la librerría Saint Corneille, cantándolos...

De pronto entiendo y recuerdo la trayectoria del canto en Francia, desde Edith Piaf hasta tantos otros cantantes, y sí; su fonética, su gente, su ritmo, la misa, también cantada, muchas cosas toman sentido en la voz, en los acentos, en las texturas de los gestos, en los onomatopeyas de los mismos genstos, la gestualidad es ahora un tema. El silencio del espacio, empieza a tomar matices, en la observación de esas poequeñas cosas.

Ahora, la grán ciudad será concebida en mi interior como un ir y venir, ese giro en el que ya no vas de la ciudad hacia afuera, sino que vas desde fuera a la ciudad así, tu misma ciudad, a un océano de distancia, toma otra intencionalidad...

La ciudad deja de ser un habitat, para convertirse en una búsqueda.

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